Hola amigos, espero se estén cuidando, les dejo aquí la segunda parte de Mangosta, si no han leído el primero, aquí está el link: https://blog.humankind.cl/cronicas-de-humankind-mangosta-primera-parte/

Bangalore

Ella odia esperar, la paciencia y el acecho no son su virtud. Sid desapareció de su mirada, quisiera seguirlo. Su sangre hierve por hacerlo. Los guardias se ven preparados, más allá de sus armas automáticas ella puede adivinar entrenamiento marcial. Aunque no sean desviantes, serían una entretención interesante. Pero, “espérame” dijo Sid, y ella hará exactamente eso.

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            En el libro de la Bestia había todo un capítulo sobre el esperar.

            —Debes ser un depredador—dijo la Bestia—, solamente la presa vive nerviosa.

            Ella, que aún no era conocida como Mangosta, escuchaba. Padre e hija viajaban solos, especialmente cuando la adolescente cumplió trece años y mostró sus habilidades desviantes. Sus hermanos serían ágiles y valientes, pero al igual que la madre son humanos sin poder alguno. Aquel viaje la sorprendió dos días antes de su cumpleaños número dieciséis.

            Tomaron el tren en Bidar, de modo que se verían cruzando gran parte del estado de Karnataka, en el tecnológico sur de la India, donde una vez se levantó el reino de Mysore.

            Estoy aburrida, hubiese dicho una niña normal, pero ella sabe lo peligroso que era su padre, no dudaría en disciplinarla en frente del resto de los pasajeros. Pero sí lo estaba, existían varias formas mejores de viajar, pero la Bestia quería ser invisible.

            Tres años antes la niña ya había matado por primera vez. Había sido a un pandillero desviante de nombre Bajuh, en Delhi nadie lo extrañaría.

            —Mantén la mirada en el suelo—ordenó el padre—, usa tus poderes para observar. Es bueno estar atento, es malo si se dan cuenta de quien eres.

            Aunque ella nació en India, no se ve como las otras niñas en aquel atiborrado carro. Su padre nació en Kerala, pero su madre era lo que él llamaba, una mestiza. Europa y América se veían en el rostro de la  niña.  

            Por aquel entonces  solamente sabía que habían sido contratados por una corporación, había que cargarse cierto heredero que estaba haciendo difícil una adquisición. El contacto era un sujeto de nombre Arragaithel, un ex agente de la Interpol que por ese entonces se las daba de gran jugador.  Ya antes los había contratado para eliminar seres molestos en Pakistán, Cachemira y Laos.

            Se reunieron en un Hollyday Inn, como turistas de medio pelo. El fumador, como le conocían, les daría las armas y los detalles de la misión, aunque a la Bestia le decían bien poco.  Lo cierto es que justo al frente de ellos estaba el Ritz, dónde el blanco alojaba.

            —Debemos hacerlo rápido—dijo el ex agente—, el joven Aditya Prakasam firmará un acuerdo con Sotar Red Wind Ti, dejándoles manejar un tercio del Holding Prakasam; ustedes harán que eso no pase.

            —Hay una vibración particular en el lugar,  ¿no me estarás ocultando algo?

            Por entonces ni la Bestia ni ella entendían eso de las esferas y dominios de poder. Pero había una razón clara por la que aquellos agentes del orden no podían cruzar los márgenes creados por la futura víctima, era caos puro. El elemento que aquella dupla mejor de manejaba.

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El llegar a aquel recuerdo, de la última vez que vio la Bestia, al menos como padre, la hizo saltar y regresar a la realidad, uno de los guardias pasó muy cerca de ella. Pero algo se escuchó en su radio.  Una violación de perímetro. Eso podía ser bueno o malo, dependiendo de quién demonios se atreviese  interrumpir una partida de tan ilustres jugadores.

            Usó un truco que le enseñó Sombra, podía fundirse con la sombra, y si bien no podía caminar por ellas como lo hacia el grandote, podía esperar a salvo en ellas, porque algo en su instinto, forjado en el fuego, le decía que aquello habría de arder.

Una partida amistosa

Una guardia privada cuidaba el área, se veían rudos y bien preparados. No eran desviantes, aunque con una Uzi bajo el brazo nadie necesita serlo. Sid tragó saliva y se separó de su camarada, quien permanecería oculta.

            Fue conducido hasta una habitación justo al centro de la casa, ahí ya lo esperaba el cadavérico Jugador, mientras que Viento Rojo estaba a su lado. Se sentó, algo aliviado de no ser el último. Dos pasos y un sonido metálico, quien se aproximaba caminaba usando un bastón. Se sorprendió  a encontrar luz en aquel ser. Era un anciano, pero vestía con estilo  y claramente podía pagar la millonaria inscripción para aquel raro juego.

            Se sentó  y pidió por un vaso de agua.

            —Benjamín—dijo delatando el verdadero nombre de Viento Rojo—, preséntame a tus amigos.

            Apostador hizo un terrible chirrido con los dientes, un brillo azulado surgió de las cuencas vacías donde deberían estar sus ojos. El corporativo se presentó usando su apodo, no dijo nada más.

            —Sid Voltaire—dijo el líder Acracia.

            El recién llegado sonrió.

            —Black Jack—dijo el anciano—, mis amigos me llaman Jack, quizás alguno de ustedes se gane el derecho de hacerlo hoy,  quizás no.

            Las cartas fueron repartidas. Los esbirros dejaron la sala. Sid se movió con calma. Entregó las primeras rondas, pero nunca se hizo el fácil, debía esperar, pero no ser un zoquete. En una partida de póker real, dónde se pierde y se gana algo más que la vida misma, la tensión proviene de las posibilidades desconocidas. No de las cartas que tengas en la mano.

            Viento Rojo, bebe agua en lugar de licor, quiere estar calmado. Sid puede ver como dispara sus poderes tratando de manejar las probabilidades, pese a los inhibidores de voluntad. retuerce su alianza de bodas, le falta una piedra, pero aún así se ve como un anillo caro y de especial buen gusto para un abismal. Apostador, es imposible de leer, aún así sigue mirando las manos bien cuidadas del viejo Black Jack. Sid es el menos elegante de todos, es alérgico a la hierba recién cortada, se frota los ojos llorosos y trata de mantenerse concentrado en el juego.

            Todos evitan el contacto ocular, pretendiendo esconder así sus  poderes, pero es un gesto inútil,  pues aparte del juego mismo, hay uno invisible, de manipulaciones, barreras espirituales, energéticas  y psíquicas.

            —Quiero verla—dijo el Apostador interrumpiendo el silencio—, es imperante.

            Viento Rojo levantó una la mirada e hizo una sonrisa de alivio, miró su reloj. Ya estaba pasada la hora convenida para la muestra. Hasta entonces solo habían apostado unos cientos de miles de pesos, nada que les doliese mucho, pero era hora de mostrar la verdadera razón de su presencia en aquel aislado valle.

            Mientras el botín se exhibía frente a los jugadores, Sid percibió movimiento fuera, le quedaba claro, la verdadera partida ya había comenzado. Pero no debía distraerse o pondría todo en peligro.  

La llave no parecía mucho, una muesca en cerámica  roja. Parecía una pinza de jaiba mal cortada. De esta emanaba una energía que parecía literalmente picar sobre la piel de Sid. De seguro Apostador y Viento Rojo sabían de su valor, pero no lo sentían realmente, era luz pura y distractora. Pero no podía leer los pequeños ojos del anciano, ¿pertenecía a una facción? ¿Podía sentir lo que él sentía?

—Debe ser difícil—dijo Black Jack mirando a Sid—, ser hijo de tu padre, las soledades, las responsabilidades… yo lo conocí, allá por aquellos días más que viejos. Era un buen tipo, se tomaba todo demasiado en serio, pero eran tiempos muy serios.

            Sid dio un respingo al saberse reconocido. Los otros jugadores le dieron una mirada de reprobación, aunque en las reglas no había nada en contra de hablar, además muchos grandes jugadores eran también parlanchines expertos.

—Una más—siguió Black Jack quien dibujó una sonrisa al ver su carta—, no creo que esta partida dure mucho más, ¿qué piensas huesitos?

Apostador dio una mirada fría a su exasperante interlocutor, luego volvió al juego. Todos recibieron sus cartas, pero se mantuvieron en silencio. Bueno, casi todos, la cabeza de Sid siguió tratando de dilucidar quién demonios era ese longevo jugador. Pocos segundos después se rindió y volvió al juego.

Cobras  y Mangostas

Aditya Prakasam era joven y gustaba de la buena vida, era un desviante de poder moderado, pero claramente con una afinidad abismal. Estaba rodeado de chicas, y acompañado por un extraño can, un akita prácticamente alvino. Los asesinos debían esperar que se quedara solo en su habitación para atacar.

            La misión de la Bestia era anular al blanco principal, mientras que la chica debía dar cuenta de cualquier guardaespaldas. Se introdujeron por el tejado, veloces, silenciosos, pero no tan bien como ella lo podría hacer a día de hoy.

            Usó un dardo con curare para dormir a dos humanos que vigilaban los pasillos, matarlos por amor a la sangre no le parecía atractivo, aquel era un trabajo para hacer eficientemente. Pero su padre es distinto, disfruta con la violencia y en ella adquiere más fuerza.

            Desgarra con sus manos a un guardia desviante que les bloqueaba el acceso al piso. El pobre tipo no tuvo oportunidad.  La Bestia no quería dar más rodeos, pateó la puerta de la habitación, dos guardias dispararon, pero la chica fue más veloz y los despojó de sus extremidades, luego silenció sus vidas para siempre. Aquella sangre amarilla verdosa debió de advertirles que aquello no terminaría bien.

            —Señor Bestia—dijo el joven Prakasam—, sus métodos son tan  brutales como me dijeron.

            Su voz no parecía salir de su garganta sino de un lugar más profundo, como si proviniese del abismo mismo. 

            —Sus patrones en la Corporación lo mandaron a matar a un pobre príncipe—dijo sin perder la sonrisa—, pero son ciegos, tontos, lo mandaron directamente a las fauces de Hiranyagarbha.

            Aquel nombre no les decía nada y la Bestia no tenía paciencia para esas cosas, de manera que disparó contra el hombre, quien se fue de espaldas. La misión parecía lista, pero el cuerpo pareció sacudirse, en un centenar de estertores. Del estómago surgió lo que parecía ser una semilla.

            —Este es mi señor—dijo la sangrante boca del príncipe—, pero él nunca me quiso a mi, dice que usted es un mejor abismal.

            Látigos o tentáculos quizás, la memoria de Mangosta no es precisa en este punto, ella los evita con dificultad. La Bestia los desgarra en cuanto los envuelven, no es fácil de domar.

            —La oscuridad ha vivido en usted tantos años—continuó el hombre—, lo hemos visto asesinar, incluso a algunos de los nuestros, pero lo vemos con placer. ¿No es eso lo que siempre ha querido? Una familia que esté a su altura, nosotros se la daremos, incluso puede conservar su independencia.

            Fue entonces cuando el asesino dejó de luchar, presentía que aquel era su destino, tendría, por fin, aquella pujanza soñada, la fuerza para envenenar al mundo.

            —No, no se preocupe de la chica, nos ocuparemos de ella.

            Una serpiente surgió de aquella boca sanguinolenta, no, no era un simple ofidio, era un rey cobra y avanzaba hacia ella. Su padre miró hacia otro lugar, entregándola, como un sacrificio para aceptar su nueva vida.

            Ella grita, se suelta de sus amarras, tiene a la serpiente frente a ella. Puede vencerla, se dice. Sin embargo no es necesario, un animalejo se pone entre ella y la amenaza. ¿Es un ser de voluntad? ¿Había logrado crear uno? No exactamente, era un ser real, pero de alguna manera estaba vinculado a ella. Era una mangosta gris, o algo así. La lucha no es larga, y la serpiente ha desaparecido.

            Luego, la habitación se llena de disparos. Es la Corporación, luego ella aprendería que eso era una labor sanitaria. Ella evita las balas, casi todas. Una se aloja en su pierna izquierda. La opción es quedarse y ayudar a ese padre que jamás ha tenido una mirada de ternura, cariño o lealtad para con ella, o saltar. Escoge lo último, no quiere ser agarrada por ninguno de los dos bandos.

            Buscó refugio entre los viejos contactos de su padre, que por un  precio, le permitieron regresar con su madre y hermanos. Juntos dejaron India, dando tumbos por muchas latitudes. Hasta que por fine ella encontró a Abuela y la Acracia.

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Uno de los guardias parece haberla notado y camina hacia ella. Parece un tipo fornido, una pelea interesante para ella, pero esta no llega a ocurrir, hay disparos. El hombre cae al suelo. Un tercer jugador, se dice ella misma.

            —Vengan, los estoy esperando.

La mano y el arma

Sid, inclinándose un poco hacia atrás, notó que Apostador estaba acariciando sus fichas: tenía algo. Viento Rojo estaba tratando de verse bien, señal clara de que no tenía nada en absoluto, escuchó un ruido afuera y gritó por sus hombres, uno de ellos entró y le dijo algo al oído.

Black Jack lo estaba mirando, buscando alguna señal ¿Cuáles estaría revelando? Pero eso poco importó pues su concentración sería brutalmente golpeada.

            —Trío de Jotas—dijo Apostador sintiéndose ganador.

            Viento rojo tuvo que romper su forzada compostura y mostró su mano sin armar. La frustración lo inundaba, pero Sid sabía que era solamente el hecho de perder, pues no apreciaba la magnitud de lo jugado, sino simplemente no estaría ahí.

            El viejo ni se inmutó ante los otros dos jugadores.

            —Tus poderes te permiten manipular las predicciones—dijo el anciano—, pero nuestro amigo Apostador hace algo similar, reordena y solidifica la realidad.  No solo la cambia, hace que algunos de sus designios se hagan objetivos. Lástima que yo haya bloqueado todos sus intentos, tiene tres Jotas, es una buena mano y casi sin hacer trampas. Niño, muestra la tuya.

            Sid no le gustaba ser tratado de niño, menos de tramposo, pues no había usado sus poderes, al menos en aquella ocasión.

            —Póker…

            Trampa gritó Viento Rojo, se le sumó Apostador

            —Genial—dijo el viejo—, yo estaba blufeando… ¿no es maravilloso este juego? Aunque prefiero el Black Jack, como pueden suponer.

            Dijo poniendo sus cartas sobre la mesa, y cerró un ojo en dirección de Sid.

            —Es un excelente momento para que agaches la cabeza.

            Las balas cruzaron los muros, una media docena fue a dar al pecho del Viento Rojo, quien se fue a estrellar contra el muro.

            —Tú…—dijo mirando a Apostador.

            Más balas penetraron en la habitación, Apostador ni siquiera intentó esquivarlas,  y estas simplemente revotaron en su semimetálico ser. Miró al caído abismal y le dio una  patada para asegurarse que estuviese muerto.

            —Basura—dijo—, hace rato que quería hacer esto.

            Miró la mesa, quiso tomar la llave pero no la encontró, miró hacia el suelto. Solo se encontró el rostros sonriente del anciano.

            —Ahora es un excelente momento para que tu te agaches.

            La puerta se desplomó golpeando con violencia a la calavera parlante, que no pudo sostener su equilibrio. Era un desviante poderoso, pero no estaba hecho para la acción.

            Viejos, jóvenes y los otros

Los V-3 comenzaron a llegar justo cuando cerraron la puerta de la partida. Tonto abismal, creyó que la corporación respetaría alguna regla de cortesía. Probablemente el mismo Aleph estaba detrás de la operación, ¿pero qué era aquella cosa?

            Como fuese, los guardias eran historia, lo mismo que cualquier agente Abismal en el lugar, en unos minutos la Corporación tendría el control del lugar, era eficiente en ese tipo de operativos. Corrió entre los disparos en dirección a la casa, le habían disparado antes y quería evitar la sensación lo más posible. 

Debía llegar a Sid, pero sintió una presencia conocida, peligrosa y filada. Esta parecía cubrir todo el pasillo. Arregaithel estaba parado junto a la puerta, fumaba un cigarro y salvo algunos años y los colores de su ropa, era exactamente el mismo de siempre.

            —¡Que coincidencia! —Dijo con una indecorosa alegría—,  la hija del animal, pensé que sería un repulsivo abismal a estas alturas, tal vez una plasta farfulladora o un Escalador.

            ¿Coincidencias? Nada de eso, este era Sid. El maestro de la  concomitancia, la coexistencia, del encuentro y la separación. Él había matado al padre de Mangosta, es verdad, ella no habría sido capaz de hacerlo por sus propias manos, pero ahora le estaba dando la oportunidad de combatir a quien lo había transformado en un monstruo.

            —Muévete carroñero.

            Ella se lanzó sobre él, pero el hombre estaba bien entrenado y logró esquivar el primer golpe, pero aquel solo era un volador de luces. Asestó una patada en el muslo izquierdo de su contrario, luego un codazo en las costillas.

            Arregaithel estaba lejos de rendirse, pero había perdido la paciencia  y estaba peleando de manera anárquica y desordenada. Sus golpes no daban en el blanco y eso lo desesperaba. Pero cuando finalmente logró ordenar sus movimiento extrajo un cuchillo.

            —La Bestia está de regreso—dijo.

El hombre hablaba como si supiese del miedo que aquella palabra le provocaba. Quizás era parte de sus poderes,  pero no tenía tiempo para aclararlo. Esquivó la hoja, lo que le permitió atrapa el brazo del tipo con un simple movimiento. Pero no contaba con su fuerza y ambos se vieron cruzando la puerta violentamente.

Tanto el agente como Mangosta se dieron cuenta de que habían aplastado al Apostador, quién ya estaba tirado en el piso, dando alguna clase de órdenes.

Sid dio un salto y soltó una patada sobre el matón corporativo, quien perdió  el equilibrio y terminó estrellando su cabeza en el muro.

—Yo ya lo tenía  dominado—dijo ella mientras evaluaba la situación.

—No lo dudo, pero yo necesitaba los puntos de experiencia.

Black  Jack imitó a los jóvenes, se puso en pie con dificultad, puso una mano sobre la muralla y esta se hizo pedazos. Aún habían disparos tras de ellos, pero parecía que no eran los blancos, algo más había en aquel lugar, algo que les estaba dando más pelea de la que esperaban,

            —Eso paga mi deuda con tu viejo—dijo Black Jack tratando de recuperar algo de agua—, algo tarde pero el honor es el honor.

            Sid dibujó una sonrisa, no estaba muy interesado en el pago de viejas cuentas, especialmente que él no había contraído.

            —Bien por la vieja guardia—dijo Sid —, pero ¿no hubiese sido mejor que lo hubieses hecho cuando el viejo vivía?

            El anciano Quimera sonrió.

            —Vida, muerte, ustedes los jóvenes son tan categóricos.

            Caminaron junto a la ruta, nadie los persiguió ni intentó detenerles. Llegaron a un cruce de caminos, donde una limosina negra se detuvo.

            —La llave es para ti Sid—dijo el viejo—, quiere estar contigo, ¿los llevo a algún lado?

            Ambos negaron con la cabeza, pero sin decirlo estaban seguros que aquel era un ser del cual debían cuidarse.

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Mangosta no estaba cómoda con lo que había ocurrido, era suficientemente confuso, iba a decir algo, tenía que hacerlo. Dejarle claras las cosas a su canalla compañero.

            Él llevó su dedo índice a los labios, para hacerla callar. Un atrevimiento más, sabía muy bien que en una pelea entre los dos él no tenía oportunidad alguna.

            —Tú teléfono va a sonar—dijo el ácrata—, responde, es Sombra y te necesita. Fue bueno hacer algo juntos otra vez, espero se repita.

            Ella sintió como se formaba un grito en su garganta. Entonces vibró su aparato, era tal cual lo había predicho. Él soltó un gran suspiro que bien pudo haber sido de alivio o resignación. Lo cierto es que al parecer ya había tenido suficiente de la compañía de su vieja amiga, porque comenzó a caminar solo, en dirección opuesta al auto.

            Mangosta no era sentimental,  pero sentía que debió de haber dicho algo, algo que quizás le debía hace años. Pero otra vez fue tarde, así que se limitó a ver como Sid se perdía de vista, sin mirar atrás. El sol se rendía en el cielo, volviéndolo rojo, la brisa proveniente del valle enfrío la carretera,  mientras la voz de su querido guerrero se transformaba en la única música que requería escuchar. 

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