¿Sabes por qué los hermanos mayores nacen primero? ¡Lo hacen para proteger a los hermanos que vendrán detrás de él!

Tite Kubo

La vida de un héroe

I

Relaciones públicas

Ser un héroe no es algo fácil, los ojos del público siempre están puestos sobre ti. Todos quienes te rodean  están esperando que te expongas, que cometas un error. Que algo te muestre frágil y falible,  como uno de ellos. Siempre me lo recuerdo: si te ven fallar, te castigarán, te desesperanzarán. No hay mucho que hacer, es naturaleza humana, pero yo no soy  humano, soy un Silverbullet.

            La conferencia de prensa fue larga, no esperaba que hubiesen niños. Les encanta tomarse fotos  con nosotros, nos abrazan  con sus manos pegajosas, somos su esperanza de orden y seguridad en un mundo lleno  de sombras, peligros e inseguridades. Me hubiese gustado que Karina estuviese conmigo, pero lleva un tiempo jugando a la princesa ausente.

            —Antoine—comienza una periodista—¿qué me puedes decir de los incidente del Diario Ámbar?

            Ámbar fue un asunto especialmente feo, cuando una encarnación de hambre se hizo presente en el cuerpo de un redactor, quien terminó devorando casi por completo a dos de  sus compañeros de labores. Karina y yo  nos hicimos cargo casi de inmediato, pero aquel era el peor escenario posible. Reporteros y gente de prensa por todos lados, claro la Corporación puede lidiar con eso y con cosas mucho peores que una pequeña fuga de información, pero no es mi idea jugar a los dados con el destino.

            —El criminal ha sido aprehendido—le contesto—, el público ya no tiene nada que temer.

            La  misma periodista no deja de molestarme, no la culpo, la curiosidad es algo  natural, pero también  muy peligroso.

            —¿Dónde está Karina?—Continua.

            —Ella está  en un caso delicado, si me permite retirarme, quizás la alcance a tiempo para ayudarla.

            Veo insatisfacción en su rostro, si sigue  así alguien tendrá  que encargarse  de ella, pero no seré yo. 

Mi moto me espera en un callejón, por un momento la máquina y yo somos uno solo, se siente muy bien.  Es lo  más cercano que puedo estar al silencio.

II

La balada de la hermana

Sé lo que está viendo, no porque pueda oír la televisión, cuando estoy cerca de ella me da la impresión de  poder ver a través de sus ojos. Repeticiones de Sábados Gigantes, su nueva obsesión. También siento el sabor de lo que está comiendo: helado  de vainilla a la  crema, con chips de chocolate con frambuesa.

            Cuando  la veo confirmo  las dos suposiciones ya expuestas. 

            —Preguntaron por ti, sobre todo las niñas.  Eres un modelo  para ellas.

            No me mira, no me contesta. Solo se mete una cucharada más.

            —Comer  eso no es  saludable—le dijo mientras cruzo nuestra sala.

            La escucho rezongar, pero no entro en una discusión con ella, entiendo su cansancio, su hastío. Ella es mucho mejor guerrera que yo, es más veloz y más inteligente, sabe que la respeto,  bueno casi siempre lo hago. Odio esos humores inestables, que se han ido incrementando desde  el último mes.

            Mi pieza es un desastre,  si lo comparamos con la suya que  es un homenaje a la Esparta clásica, pero me mantiene ordenado a mi, creo que la de ella hace lo inverso.  Me sumerjo en  mi caos y duermo. No necesito descansar como  una persona normal, dos o tres horas diarias me basta, pero ni siquiera  eso ha pasado cuando  se enciende  la alarma amarilla.

            Me pongo y me meto en mi personaje. Mi hermana  no está  lista.

            —Vamos, no quieres ir a patear abismales en calzones.

            Ella me mira con algo de sutil desprecio, pero me hace caso.   Se levanta: lo único  que la mantiene en forma es la cacería, y creo que últimamente es lo único  que le resulta tolerable.

III

Escalador

Un escalador dista de ser una gran amenaza, aún así debemos ir por él. Son seres escurridizos, jabonosos, furtivos. Karina lo ha localizado cerca de un  viejo caracol, esos centros comerciales donde  las abuelas se hacen la permanente y los niños de treinta años se compran esas figuras de acción que sus papás no le compraron de pequeños.

            La arquitectura del lugar es una trampa. Los pasillos circulares son un buen escondite para la bestia, o puede estar en algún ducto de ventilación, o incluso caminando por fuera del edificio.

            —Iré por arriba—ordenó ella—,  tú ve por dentro.

            La táctica es sencilla: soy una carnada, una muy  peligrosa. Confío en mi hermana, pero me gustaría que por  una vez hiciéramos las cosas al revés. No uso visores nocturnos, no los necesito realmente, mis ojos ocupan toda la  luz que encuentran  para darle forma  a la espiral en  que me encuentro.

            El hedor inunda mi nariz, perseguir al Abismo es un asunto nada glamuroso, especialmente si hablamos de sus aberraciones menores. Sigo la pista de aroma, hasta que llego a lo que fue una oficina  de correos.

            Colgado desde  el techo encuentro al guardia. No está vivo, pero algo  se  mueve dentro de él.

            —Tengo un humano nido aquí—digo en el intercomunicador.

            —Procede con  incineración por fósforo blanco—contesta Karina.

            Su voz delata que está haciendo esfuerzo, debe estar escalando la pared. Loca, me digo mientras comienzo  el pequeño incendio. Eso justificará  el desastre, pero las llamas me distraen. Mi enemigo se lanza sobre mis espaldas,  haciéndome cruzar una pared de cristal. La bestia es veloz, más que cualquier otro  Escalador que haya enfrentado antes.

            Tengo  una daga arpón en mi cinturón, con dos dedos logro alcanzarla.  La criatura muerde mi hombro, duele,  pero puedo resistirlo. Esta cosa cree que combate contra un ser normal, que me inmovilizaré, se equivoca. Entierro la  daga y enciendo su mecanismo. Mi arma crece y detona dentro de la bestia.

            Las paredes, mi ropa y todo parece estar manchado  por las entrañas del escalador.

            —Continuo con la quema del objetivo—informo.

            No hay respuesta,  salgo al pasillo. No hay ruidos, mis instrumento no captan nada.  Dejo de lado las tecnologías,  para  encontrar a mi hermana me basto a mi mismo.

            Siento su respirar en mi  pecho. Está en lugar angosto,  hay poco aire. Avanzo en línea vertical usando los balcones del centro comercial. Dar vueltas es absurdo.

            Otro escalador se arroja sobre mi, pero vuelo más rápido, me pongo a salvo. No es uno. Cuando logro fijar mi vista veo  que no enfrento a uno sino a dos de ellos.

            —Niño lindo—dice uno cuya voz claramente es femenina—, lindo sacrificio al dios.

            El otros suelta una risita silbante y casi como susurro habla a  su compañera.

            —Moloch, Moloch, Moloch, no dios.

            La otra ríe como si hubiese escuchado un chiste de mal gusto. Creo  una explosión pequeña con el fósforo que  me queda, he cerrado mis ojos para no perder mi visión  nocturna. Unos segundos, es lo único que necesito.

IV

Pelos rosados

Me arrastro hasta una tienda de artículos deportivos, no hay mucho  en ella que me pueda ayudar en una pelea real. Veo que tiene una bodega en su techo, logro treparme a lo que parece una buhardilla. Me arrastro como una  laucha, hasta que me  encuentro con un viejo  sistema de aire acondicionado  que parece no  haber sido usado en décadas.

            Mis  perseguidores están  a unos pocos centímetros, pero enfrentarlos en las penumbras y sin respaldo es  un  suicidio. Cuando logro llegar al techo me encuentro  con una anaranjada luna nueva,  que apenas alumbra la ciudad, sin embargo es más de lo que necesito para enfrentarlos.

            Mi arma de servicio  está equipada con dos tipos de  balas. Una normal, eficiente con humanos y desviantes ordinarios. Otra que además suelta una onda expansiva que anula cualquier forma de  caos a cinco metros de la redonda. En unas centésimas de segundos la he cargado con aquellas municiones.

            Mi disparo hace caer inerte al Escalador susurrante, la onda que crea aturde a su compañera que parece caer hacia el gran vacío del caracol. Debo ir por ella y aniquilarla, pero tengo problemas más  urgentes. Mi  hermana aparece arrastrándose en una de las esquinas del techo. Está herida, una decena de criaturas la  rodean, a  penas sostiene su espada con su mano izquierda. No parece que le quede  ningún otro tipo de arma.

            —¡Suéltenla!

            Ni siquiera me miran, están engolosinados con su presa. Disparo, cae uno.  Otros son  afectados por la onda. Pero eso  no dura, disparo, cae otro y  otro más. De un salto me pongo entre los brutos y mi hermana. Aunque ella no quiere tomo su espada y la uso para alejar a las criaturas.

            Cuando por fin creo que voy ganando, la que parece ser la hembra alfa regresa. La siguen cuatro más.

            —No puede ser—susurro.

            Afortunadamente Karina ha perdido el conocimiento. No me verá caer, un helicóptero sobrevuela el sector, es uno de los  nuestros, pero  no servirá de nada. Si yo no puedo con ellos ,  un V-3 no me servirá más que de acompañante a la tumba.

            Desde el aparato disparan, pero solo los  distraen. Eso es mejor que nada, logro acabar con un par más.  Estoy  cansado,  he llegado  a mis límites. Eso si que le gustaría a la prensa.

            Un solo tripulante salta del aparato. Es una joven, poco más  que una niña.  Desconozco sus implantes, pero claramente son corporativos. Dispara un arma pequeña y liviana, gira sobre sus propios talones. Es rápida.

            —Adiós cosas feas—dice jugando.

            La matriarca intenta lanzarse sobre ella, pero la recién llegada hace  uso de un arma que parece salir de su muñeca izquierda. La criatura  cae  atrapada en espuma sólida. Se retuerce, pero es inútil.

            —Moloch te sacará los ojos niñita…

            La chica sonríe. 

            —Layla 8 es mi nombre—dice sin perder  el tono jovial.

            Un team de limpieza se hace cargo, mientras unos IDD-4 se llevan a mi hermana. 

            —Tranquilo guapo—dice la chica sin mirarme—,Karina Silverbullet, quien  diría que terminaría salvando a mi heroína.

            —La vida da sorpresas—le digo tratando de no sonar como un viejo amargo.

            —Se pondrá bien—me dice compasivamente.

            Ese gesto me prueba que es como mi hermana o yo,  un  agente libre,  no un estúpido  dron del Aleph.

            —No es su salud  lo que me preocupa—confieso—, pero ya veremos. Dime, Layla 8, ¿quién es ese Moloch?

            La chica levanta una ceja, como si hubiese preguntado de que color es el cielo.

            —Creo que necesitas un upgrade, vamos te lo daré mientras  me compras la  cena.

            Nos alejamos, son las tres de la mañana y no tengo idea de cómo sentirme.

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