La noche de los Magnus vivientes

No hay cosa de la que tenga tanto miedo como del miedo.

Montaigne

La noche estaba en su segunda vuelta y el calor no bajaba. Una brisa enferma se atrevió a correr entre los árboles, pero no fue suficiente para tranquilizarlo. No era ansiedad, al menos no la que sentían los humanos comunes y corrientes.

            Abrió la puerta del refrigerador, extrajo dos hielos y los puso en el único vaso limpio que encontró en el lavaplatos. Puso tres dedos  de ese viejo whisky Arran que había recibido para su cumpleaños. Lo miró por un momento, el color de la bebida y el  reflejo de la  luz era casi perfecto.

            No podía negarlo, estaba cansado. Más allá de eso, no podía seguir el ritmo del mundo, todos se habían vuelto locos. Quimeras y corporativos  corriendo en la tierra de los pingüinos,  F.I.S.T cazando infelices en la calle y los suyos, bueno, buscando reinos en otras dimensiones. Todo muy lógico. Si Camila estuviese ahí, al menos podría… quejarse. Pero ella no estaba, claro.

            Estaba en un piso dieciocho y aún podía oír la música adolescente del adorable hijo de la vecina del piso siete. ¿Dubstep? Así le decían, ¿cuándo cambio todo? 

            Su teléfono, medio abandonado sobre la mesa de centro comenzó a retorcerse, le dio la impresión de estar viendo un bicho herido. Sid, el flacucho que no madura.

            —Tú estás peor que yo—dijo en voz alta.

            Finalmente el aparato se rindió.  En silencio se cuestionó su frase, al menos el tipejo ese tiene una banda y todo eso.

            Sintió un escalofrío recorrer su espinazo y cerró la ventana. El pulso que había escuchado se había vuelto más fuerte.  Era imposible que fuese la infernal música del  imberbe vecino. Algo estaba pasando, una de esas cosas raras que le pasaban desde que se llamaba a si mismo parte de la Acracia.

            Fue presa del vértigo, se vio cayendo sobre sus  rodillas. Su estómago se revolvió, se alegró de que nadie lo estuviese viendo. Vomitar no era algo digno.

            Era tarde para llegar al baño, abrió la boca y comenzó a regurgitar, pero lo que surgió de él no era comida en descomposición, bilis o cualquier otra materia orgánica normal. Lo que pudo ver primero fue un brazo, luego otro y una cabeza. Estaba dando a luz a un ser humano, no uno cualquiera, uno casi igual que él.

            Ambos hombres se miraron con miedo y algo aún más terrible que eso.

            —Perdón—dijo el recién llegado—busqué otro portal, pero este era el más expedito.

            Sí, era él, pero no exactamente.  Se veía algo más cansado, tenía un  tatuaje con un número siete sobre su sien derecha. Su ropa coincidía en los colores, pero claramente  no había sido lavada en varias semanas.

            —Crucé el desierto rojo para llegar aquí—continuó—,estamos lejos de la Horda, ¿verdad?

            El dueño de casa se levantó, sin contestarle. Buscó un vaso, sirvió algo de whisky y se lo dio a su recién llegado hermano gemelo.

            —Parece que ambos  necesitamos uno de estos.

            El nuevo Magnus bebió despacio, como si no tuviese costumbre de tragar aquellos brebajes.

            Desiertos, persecuciones, ciudades despobladas. Así era el mundo del invasor, mientras el propietario del inmueble trataba de explicarle el mundo que los rodeaba.

—Entonces, ¿realmente no hay Horda? ¿Y ese ruido?

            Magnus se encogió de hombros.

            —Música, amigo, o algo así.

            El extraño dúo intentó seguir con la conversación, pero esta vez ambos se fueron a piso. Otra vez la vibración.

            —¡La Horda me ha seguido! —Dijo el visitante.

            No logró terminar su oración cuando él mismo se vio devolviendo el estómago.  De su boca surgió un tercer Magnus, y del dueño de casa volvió a repetirse el fenómeno. Ya eran cuatro. Uno de los recién llegados se puso de pie, era un tipo gran, musculoso. Tenía una barba larga, que parecía no haber sido cortada jamás, y para terminar el cuadro, llevaba una espada en su espalda.

            —¿Qué clase de laboratorio corporativo es este? —Dijo tratando de hacer sentido del mundo que lo rodeaba.

            Pero claro, aquel perdido viajero no estaba solo, un gemelo, completamente vestido de negro había llegado con él. Su cabello estaba teñido de rosa.

            —Esto no  puede ser bueno—dijo—, tantos desviantes juntos es como una invitación, al virus Calixto.

            Era oficial, él mismo se había vuelto una multitud. Había solamente una persona que podía ayudarlo, odiaba reconocer que necesitaba ayuda, pero aquel departamento no era lo suficientemente grande para todos ellos, cogió su teléfono, pero el hombre de la espada se puso a la defensiva.

            —¿A quién llamarás? —Preguntó sin esconder su miedo.

            —¿A la Horda? —Preguntó  otro.

            Magnus soltó un suspiro fatigado:

            —Que no hay Horda—luego dirigió al más peligroso—, a la única persona que estoy seguro de que casi todos van a conocer, a la Abuela.

            Todos asintieron. 

***

Para cuando la veterana miembro de la Acracia tocó la puerta dentro del departamento ya habían ocho Magnus.

            Dio una mirada rápida y dibujó una gran sonrisa.

            —Bueno—dijo—, esto no es algo que se pueda ver todos los días.

            Sacó su teléfono y tomó una foto.

            —¿Qué diablos crees que haces? —Preguntaron los Magnus.

            La mujer se río arrugando hasta sus ojos. 

            —De seguro Sid se reirá un poco—contestó—, no te sulfures.  ¿Me presentas a tus amigos?  En el orden que llegaron, por favor.

            Magnus trató de hacer un orden entre sus visitantes:

            —El primero fue Magnus el Sobreviviente, después llegó, Magnus el Bárbaro. Calixto Magnus, después aparecieron los más raros ese de ahí es Magnus el Blanco.

            Señaló a un hombre vestido con una gran y alba toga. Este hizo una reverencia religiosa al ver a la Abuela. Pero la lista continuaba:

            —Le sigue Magnus el Pirata y Magnus el Quimera—hizo una pausa—, y a ese no le he querido poner nombre.

            Eso último lo dijo señalando a un ser que intentaba taparse el rostro, pero que aún así revelaba una piel alquitranada y ojos de un rojo preternatural. 

            —Ese es Moloch Magnus—dijo Abuela—, no habla, no como tu o como yo al menos. Interesante pandilla, y yo que creí que eras un antisocial.  Bueno, por ahora a ti te llamaré Magnus Prime.

            No hubo risa en el rostro del hombre que solía dirigir las bromas. Aún así, hubo lugar para más sorpresas: todos aquellas raras versiones de él mismo parecían venerar a la anciana, como a una figura de luz en medio de las tinieblas.

            —Supongo—dijo Magnus Prime—, que esto prueba que hay muchos universos y copias de nosotros mismos.

            La abuela levantó la vista al cielo, como si hubiese escuchado la estupidez más grande de todo el hemisferio occidental.

            —No hijo—dijo la mujer haciendo acopio de paciencia—, esto prueba que eres un cobarde y te lo reprochas en cada paso que das.

            La viejecilla dio un paso hacia Magnus el Bárbaro y acarició su cabeza, como si fuese un cachorro. Dibujó una sonrisa para el paranoico Magnus Sobreviviente, y luego pidió a Magnus el Blanco que compartiera los snacks con Moloch Magnus. Solamente entonces volvió sobre sus pasos y miró al afligido fundador de Nueva Cartago.

            —No te sulfures, eres un desviante poderoso y has enfrentado a  enemigos colosales. La  Corporación, el Abismo y los delicados Quimera saben lo rudo que eres, perdón Quimera Magnus, no quise ofender.

            —No me ofendo señora—contestó el aludido con su rostro lleno de sonrisas.

            —Muy bien—siguió la veterana de mil combates—, el punto es que eres muy valeroso, pero no has podido completar tu venganza, vengar a tu mujer… pero tampoco has liderado como quieres hacerlo, te burlas de la dedicación de Sid o de los métodos de Sombra, pero más allá de aportar con un dinero aquí y allá, ¿cómo está el compromiso con tu propia lucha de vida?

            Magnus no contestó, simplemente miró a sus nuevos inquilinos. Y con dolor tuvo que reconocer su verdadera naturaleza.

            —Son seres de voluntad, ¿verdad?

            La mujer asintió, puso una mano sobre el rostro del aún joven líder.

            —Algún cambió ambiental te golpeó y te hizo fabricarlos, son respuestas a los caminos no tomados. Están hechos de culpa, duda, miedo, sospecha y ego. Bueno, Moloch Magnus no, él es otra cosa. Una pesadilla  vieja, atávica, algo que quizás has adivinado y no has aclarado aún. 

            Terminó de decir eso y el monstruoso ser se deshizo, como si de polvo negro hubiese estado compuesto. Prime miró al resto de la banda.

            —No me puedo quedar con ninguno, ¿verdad?

            Sabía que no. No estaban vivos realmente, solo creían estarlo, cada segundo que pasaban ahí se enraizaban más, haciendo su partida más dolorosa. Abuela le pidió que se concentrara en los sentires que despertaba en él cada uno de ellos, en las emociones reales y las autoimpuestas que despertaban en su cuerpo. Cerró sus ojos y se despidió de cada uno en silencio. Para cuando recuperó su visión ya no quedaba nadie, salvo  su salvadora.

            —Tranquilo—dijo la dama de los callejones—, a muchos Acracia les ha pasado antes. Es la mezcla de Caos y Luz, creas, creas, pero te pierdes.

            —¿A Sid también le pasó?

            —No, a él  no. Ahora vamos, tenemos que ponernos a trabajar. Si Moloch estaba en tus pesadillas, es porque algo encontraste, algo viste y debes saber qué es.

            Estaba cansado, se sentía como un pañuelo usado, miró aquel impersonal departamento de solteros y por primera vez la perspectiva de rondar la noche como el resto de la Acracia le pareció atractiva.

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