Un hombre viejo

Todo lo puede esperar el hombre mientras vive.

Séneca

I

Aunque no  recuerda cuanto tiempo lleva andando, está seguro de haber  caminado al menos dos kilómetros antes de atisbar el villorrio. Las chimeneas altas arrojaban humo blanco, señal de que la madera que  estaban usando aún  estaba húmeda. Aquello era una mala señal, pero aquel había sido un invierno violento, inesperado. 

            La Tierra también lo siente, se dijo el viejo. Se enfundó en su abrigo y bajó por el sendero. Estaba cansado, pero más que sus pies, o su espalda, eran  sus ojos los que más le molestaban.  Estaban cansados de haber cruzado aquellos montes nevados, ceguera blanca, así le llamaban. Era un hombre viejo, ya no estaba para esos trotes.

            Seis casitas y un aserradero marcaban la presencia humana en la región, pensó en  sus alumnos más urbanos, como sufrirían en aquel lugar lejos del mundo digital. Pero así era el tiempo en el que él mismo había crecido, uno de leña, fuego y hueso. No mejor, no peor, solo diferente.

            No quería estar ahí, pero no  parecía tener mucha opción. Había una fuerza en aquel lugar que lo llamaba. Como si aquel suelo mismo fuese poseedor de una voluntad.

            Una mujer se le acercó. Era una anciana, pero era difícil establecer  su edad. ¿Setenta? ¿Ciento setenta? Sus ojos era azules de una manara  preternatural. Aunque aquel ser octogenario se veía frágil, no bajó la guardia. Sabía que las  apariencias engañaban y él mismo era un caso de aquello.

            —La adivina te está esperando en su palacio, sígueme.

            Los pasos de su anfitriona era veloces, ágiles, saltaban todas las posas de agua  que él terminaba pisando.

El palacio era la casa más lejana del asentamiento, no era más grande, mucho menos más bella o limpia que las otras. Olores enrevesados agotaban con el oxigeno del lugar. En el salón central una niña, o lo  que parecía ser una niña flotaba. Estaba al menos veinte centímetros del suelo, sus trenzas  largas llegaban al suelo.

            —Eres Lázaro de la Quimera—dijo la mujer—, pero antes fuiste Lázaro de los Roma, ella lo sabe y te ha estado esperando… todas nosotras aguardamos con ella.

            Hace un meses que nadie lo llamaba por su nombre. La sensación  no fue del todo grata, había algo perturbador en la resonancia de aquella voz, como si no fuese emitida por un ser humano,  al menos no del todo.

            La niña/vieja giró su cabeza en ciento veinte grados, los huesos de su cuello crujieron como lo hace un engranaje viejo, estaba mirando a alguien que merodeaba  a  sus espaldas.

            —Traigan al niño—ordenó mientras regresaba su cabeza a su posición—, tienes miedo, pero es solo porque tu mente se acostumbró a la comodidad de los humanos normales.

            La mujer estiró sus piernas y se acercó al recién llegado.

            —Ni siquiera estás donde crees estar—dijo—, te has vuelto prisionero de tus percepciones, debemos corregir eso. Pero antes ella necesita que tu lo eduques. ¡Apresúrate nodriza!

            —¿Educar a un lactante? No estoy capacitado… soy un hombre viejo.

            —Si eres capaz o no, eso no lo decides tu… además ya lo has hecho antes. Una decena de veces. Lázaro padre de muchos.

            Una  nueva  mujer entró sosteniendo una criatura de no más de siete meses de existencia. Era un niño desnudo, la habitación estaba helada incluso para él, de manera que se  aprestó a envolverla en su abrigo, pero fue detenido por  las mujeres.

            —No puedes  tocarla—dijo la adivina—, nadie puede hacerlo. Solo la nodriza, ahora cuéntale sobre aquello que sabes… comienza con las facciones, pero no trates de corromperlo. Necesitamos formarlo bien y si cumples, te salvaremos la vida.

            ¿Salvarle la vida? Aunque estaba cansado y viejo, dudaba de que alguien allí pudiese con él. Aún así contó su historia, sobre la gran guerra por el futuro, por los hombres y mujeres a quien admiraba, temía y respetaba, a veces todas esas cosas al mismo tiempo.

II

—Él no nacerá libre—dijo la anfitriona—, por tu culpa y la de otros, por eso le darás el  regalo de la sabiduría previa.

            Él había escrito muchas  veces sobres eso, pero hasta ahora había  sido teórico. Todo había comenzado  por un estudio  sobre rol de la memoria colectiva en el proceso de reconstrucción identitaria de los indígenas en un contexto urbano. En un principio La memoria es la facultad que permite mantener presente el recuerdo de lo sucedido. Se asienta en la referencia de hechos objetivos que forman parte de lo que se recuerda, pero se configura subjetivamente en cada persona. No hay dos memorias exactamente iguales. La memoria pública es, en este sentido, una construcción conflictiva, dinámica y poliédrica. Pero aquello solo era cierto  en parte, es que todo proceso histórico deja una memoria que condiciona sucesos subsiguientes, y la biología como proceso histórico está muy condicionada por la memoria evolutiva. En qué consiste, dónde reside la memoria biológica y cómo se usa en procesos biológicos.

            —El ADN recuerda—dijo Lázaro—, toda la remembranza de la humanidad viaja en cada uno de nosotros. Los procesos de memoria biológica tienen lugar a varios niveles de complejidad. El primer nivel de actualización de la información está en la copia de largas moléculas de nucleótidos, estos se pueden manipular.  Sé que  el Abismo lo ha hecho por años…

            —Por eso Moloch quiere este niño, porque no podrá hacer memorias, es el recipiente perfectos.  Sus  padres no podrán  contenerlo. Ya no pueden, y piensa que aún  no nace. Muéstrale tus recuerdos, que aprenda  de ellos y emparejaremos las  cosas.

            Al viejo líder de la  Quimera no le gustaban todas sus memorias, aún así puso sus  manos  sobre el cachorro  humano.

            El dolor  recorrió  su cuerpo, lo había sentido  antes, al tratar de dominar la esferas abismales, la fuente pura  de la oscuridad.  Luego sintió el embate del caos, como si este desgarrase el telar mismo de su espíritu. Debió pensar, centrarse, sentir nuevamente bajo sus propios términos.

            —Muéstrale las facciones también, que él mismo elija a quien seguirá, tranquilo, nunca escogerá a Moloch…  la profecía dice que no será así.

III

La voz de la mujer era lejana. Venía de un lugar muy lejano al  reino  del dolor en el que él se encontraba.

            —Comienza con aquello que temes más que nada—continuó ella—, aquello o que no puedes dominar.

            Abismales:

Son la Facción más antigua, su potestad sobre la voluntad es portentosa. Su creencia excelsa es que la humanidad debe perecer, dar paso a una nueva generación de señores todo poderosos, patronos de la vida y la muerte.

No los creas demonios, es un error, todo lo que son es reflejo de una imaginación entrenada  y un miedo arraigado en  la humanidad primigenia.

            —Ahora Habla  de los hijos de Espartaco, de sus sueños rotos.

Acracia:

Independientes, fuertes y de una capacidad intelectual abrumadora. Son expertos en el caos y en lo oculto, son creyentes en una anarquía colaborativa como medio de organizar el futuro. Pero este mismo pensamiento  se va ajustando constantemente.

Sus miembros pueden encontrarse en cualquier parte, tanto en un castillo escocés como en una alcantarilla pútrida. Sus corazón son  una luz que siempre  está  en guerra.

            —Habla de  la máquina con alma humana.

            Corporación

Un sueño ambicioso, que no deja a nadie fuera. Engranajes de la gran máquina que ordena todo,  que reprocesa   y recicla lo que sobra. Nada se  compara a su poder tecnológico, social y económico.

Entienden  el   mundo  de hoy mejor que nadie, usan este saber  a su favor, permeando todos los  aspectos de  la vida en sociedad. Si se  le quiere entender de verdad,  hay que  entender que nació del deseo de seguridad y del miedo que provoca el caos. 

            —Bien hecho, viejo maestro ahora habla de  tu propia obra.

Quimera

La evolución  es  un  fenómeno  que no se detiene,  eso nos hace a todos distintos, pero nos impide  soñar un mundo para todos. Sus filas están compuestas por rebeldes, soñadores y sanadores que van en busca de la esquiva  luz que brilla en todas las cosas.

La tradición que siguen  es antigua, pero de todas  formas son los recién llegados a la guerra. Esto no  los hace menos fuertes, así mismo como sus caminos de paz no los hace menos eficaces.

            —Lo hiciste mejor de lo que creíamos—dijo  la adivina.

            La otra mujer tomó a la criatura y por unos  largos segundos el silencio reinó sobre todas las cosas.

IV

Lázaro la vio alejarse, pero estaba muy débil para moverse. Su cuerpo estaba entumecido, quizás  por la energía del infante, pero era otra cosa. Como si se estuviese marchitando, o peor aún, congelando.

            —Gracias viejo amigo—dijo la anciana—, eres tan fuerte como recordábamos.

            Un hombre de cabellos azules y rostro ajado se  paró en el umbral de la pequeña casa.

            —Esto es lo máximo que me puedo acercar a ti—dijo aquel lejano ser—, pero quiero  que sepas que tienes la gratitud de los Hijos de la Ceniza.

            —¿Estoy muerto?

            Su pensamiento viajó a un pasado lejano y doloroso, en el que vio partir a tantos amigos.

—No amigo—contestó el  hombre—, por el  contrario, a cambio de lo que has hecho por nosotros te  hemos regalado  al menos unos sesenta años  más  de juventud. Tómalos, son tuyos. 

¿Cómo alguien podría regalarle años? Pensó  Lázaro, pero de  verdad comenzó a  sentirse mejor. Sus poderes se concatenaban, volviéndolo  más vital. Sensible a lo invisible, donde estaba realmente lo importante.

—Ahora despierta—ordenó la anciana—, tienes amigos esperando. 

¿Despertar?  Sí,  abrir  los ojos.   Mover las piernas, aunque duela. Blanco, todo le pareció blanco. Sí,  aún estaba en la nieve. Quemó algo de su aura para entrar en calor, sirvió para levantarse.  Debería estar muerto, congelado, había subestimado las  temibles dimensiones de su viaje.

Intentó levantarse, pero no pudo, entonces vio una mano justo en  frente, le  estaba invitando a incorporarse. 

—¿Te vas a rendir tan cerca de tu meta? —Dijo el recién llegado— Ese no es  el Lázaro que todos conocen. 

Era Blackned,  la sombra, el vigilante del borde. El  hombre al margen.

—Tienes suerte de que estaba en el  barrio—dijo haciendo algo   parecido a sonreír—, mira hermano, mira delante de ti.

Las fumarolas de los volcanes  que adornan  la tierra  de Marie Byrd en Antártica comenzaron a humear.

—¿Qué significa esto? —Preguntó el  fundador de la Quimera. 

Blackned tomó una pistola de señales y disparó al  aire.

—Que ya estamos en casa—contestó—, camina rápido, los Colosos ya han esperado mucho tiempo. 

El hombre viejo al que  llaman Lázaro comenzó a caminar, sintiéndose joven, fuerte, pero sobre todas las cosas,   profundamente asustado.

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